lunes, 5 de noviembre de 2012

Juego de manos


Mientras las dos manos se balanceaban unidas, podía observar la sonrisa en sus labios. El joven barbilampiño mira al frente, hacia el futuro, con confianza impostada. Al otro extremo de sus dedos, se enredan los de su amada, que destila un aroma a soberbia y prejuicio en la mirada.

Él, un joven cualquiera, se asienta con fuerza sobre sus recién implantadas convicciones, con la seguridad que le proporciona el reloj de la juventud y su belleza. También denota la calma de un mar interior tras las tormentas de la adolescencia. El cuerpo de él, bien formado y atlético, y el de ella, exuberante y esbelto, se agitan al unísono.

Pero entre bastidores esa seguridad aparente esconde una inquietud que planea sobre el futuro y lo oscurece, escondida ahora por el carpe diem , por el vivir del segundo y su cénit, la esperanza ciega del amor mutuo.

La confianza de ella en él, refuerza su posición y convicciones, mientras ambos se dejan llevar juntos por los mecanismos y convenciones socialmente establecidas, lo cual les ayuda a no tener que pensar demasiado en el mañana.

Para ella, él es el hombre de su vida, su príncipe azul.

Él, que conserva como paño en oro su brío sexual, y en él se pavonea, aunque la ama profundamente, en su interior se cultiva la licencia de tomarse en el futuro más libertad en cuanto a compañeras de juegos pasajeros.

Entre tanto ella y él, únicos entre sí, al igual que la mayoría se dejan llevar por el lento discurrir de la vida, hasta que al llegar a su final, como los salmones llegando al estuario para procrear y morir, se preguntan mirando atrás si tiene sentido todo lo que han hecho: tardes de amor y sonrisas cómplices, discusiones, peleas, días y noches de todo y nada...

¿en qué se gastó la vida? ¿tuvo sentido nadar contracorriente?

Es en este punto, cuando ya, marcadas las arrugas, uno está demasiado viejo, cansado y seguro de sí mismo para pensar más allá de la vida.

Igual que al principio.

Igual que siempre.