viernes, 20 de febrero de 2015

Periodista

Ser periodista es describir el mundo que percibes pintándolo con palabras. Es arar las palabras, cultivar la mente en busca del concepto más certero, de la sensación que más se acerque a la verdad. Pero el periodista tiene dos enemigos que a menudo, obvia o subestima, de forma consciente e inconsciente, como murallas a su objetivo final: describir la verdad de la forma más certera posible. Dos barreras, son su propia percepción influida y subjetiva de los hechos, por su experiencia y entorno vivido, y de otro, más en base a los primeros es el de los intereses, tanto personales como de terceros, que nublan la precisión de los hechos. 

Por último como gran barrera tenemos la propia capacidad de retención y atención, los sentidos puestos en el momento noticiable y la importancia que se les atribuya a los mismos, influido tanto por la escala de valores personales como por la del editor y otros factores de peso como el económico. 

Todo esto, junto al marketing de la palabra, hacen que la noticia se desvirtúe, contorsione y transforme de modo que el filtro que hay entre la realidad y el receptor, esto es, el periodista, no sea un trasvase todo lo limpio que debiera ser y por tanto, en hechos noticiables de mayor importancia, el efecto que tienen titular y contenido son mucho más tóxicos de lo que debieran ser. 

De ahí la esencial necesidad de que el periodista, por principio, tenga una formación fuertemente arraigada y específica en el campo en que se quiera especializar, así como que se garantice su independencia tanto económica como de pensamiento, hecho puesto a diario en tela de juicio por la propia realidad imperante.
El periodista quiere y puede ser un perito de la actualidad diaria. El obstáculo está en que cuando no se está suficientemente cualificado para entender y describir el hecho específico, y aún así se hace, se cae en una suerte de fast food de la noticia que hace que nuestro conocimiento de la realidad, dado por aquellos en quien delegamos esa función imprescindible, sea desvirtuado, contaminado y artificial. Y como en toda fuente de la que se bebe, si está contaminada, al final intoxica al rebaño en una suerte de enfermedad de la percepción de múltiples formas, de modo que hiere de muerte la ciudadanía y por ende, nuestra ya maltrecha democracia.