domingo, 28 de abril de 2013

La enfermedad de los muertos vivientes


-Buenos días, doctor

-Buenos días, pase...bien, ¿qué le sucede?

-Me encuentro muy enfermo doctor, creo que es grave.

-¿Seguro? Yo no le veo mal aspecto.¿Por qué dice eso?

-Pues mire, creo que me estoy muriendo.

-Continúe...-dijo el doctor preocupado.

-Sí, me estoy muriendo lentamente, cada día, porque mi vida carece de pasión, de emociones, y cada vez soy más un autómata, un ser sin vida ni estímulos, un muerto viviente.

-Entiendo...

-¿Qué puedo hacer, doctor?

-Mire, eso no es algo que se pueda ni se deba arreglar con pastillas, ni siquiera yo estoy del todo capacitado para resolver un problema así.

-¿Entonces?, se me están agotando las pocas ganas de vivir que tengo doctor...

-Tiene razón, es grave. Vista la situación, cuenta con dos opciones: o baja los brazos y renuncia definitivamente a luchar, a encontrar aquello o aquellas cosas que le apasionan y deja de vivir para siempre o puede levantarse, y ponerle todo el tesón, paciencia y energía de que disponga hasta encontrar aquello que le motive en la vida, y una vez llegue a ese punto, hacer todo lo que esté en su mano para estar en contacto con lo que le apasiona el máximo tiempo posible. En definitiva, no se deje influenciar por lo que le digan los demás, haga inventario y reflexione sobre su vida hasta dar con aquello que le apasiona hacer, y partiendo de esa base, y aplicando el sentido común, procure implicarse al máximo para conseguir su objetivo.

Una meta, un plan y paciencia en definitiva, caballero.

-Esto es impagable doctor, muchísimas gracias.

-Con su agradecimiento sincero, esto está más que pagado.


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